El circuito de la recompensa

El circuito de la recompensa

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La recompensa es conocida por todos como el premio o la compensación que se obtiene por una buena acción, un servicio o un mérito. Desde un punto de vista evolutivo, la recompensa es esencial para la supervivencia y reproducción de la especie. La comida, la bebida y el sexo son estímulos llamados “recompensas primarias”, ya que como todos sabemos están involucrados en la supervivencia del individuo y de la especie.

La neurobiología que estudia la actividad cerebral durante una  recompensa, tiene especial interés en las neuronas dopaminérgicas. La dopamina, como ya hemos hablado con anterioridad, es un neurotransmisor relacionado con la conducta motora, las emociones y afectividad. Durante mucho tiempo se relacionó la producción de dopamina con los sentimientos de placer y lujuria (el “gusto”), aunque actualmente se ha observado que no tiene que ver tanto con el gusto, sino con el componente motivacional (“querer”). Esto implica un comportamiento, para mí, muy interesante: lo que realmente está implicado en la recompensa es la búsqueda (el “querer”) y no tanto el encuentro (el “gusto”). Tiene impacto en nuestra recompensa “la búsqueda”, la superación…y también, aunque menos, “el encuentro”. Esto es así, en parte, para asegurar que los hombres sigamos buscando aunque no encontremos, ya que sino, la frustración por no encontrar hubiera frenado nuestra capacidad de lucha y esfuerzo y, consecuentemente, nuestra evolución. Evidentemente, el placer “del encuentro” es importante, aunque en muchas ocasiones es proporcional a la búsqueda.

Cuanto más reaccionen nuestras neuronas a la dopamina, mayor recompensa tendremos por nuestras acciones…pero, ¿qué pasa cuando el umbral de reacción de nuestras neuronas es muy alto? En otras palabras, ¿qué ocurre cuando necesitamos mucha, mucha dopamina para obtener recompensa? Pues que nunca tenemos recompensa, y estamos en una búsqueda constante, y nos volvemos literalmente adictos a aquello que nos aumenta los niveles de dopamina de manera desproporcionada: azúcar, cocaína… o pruebas de ultra-resistencia. Evidentemente, muchas personas tienen el umbral de la recompensa tan alto, que necesitan estar en la búsqueda constante de lo extremo para satisfacer sus neuronas. Podríamos hablar de los nuevos adictos. Como podemos observar, los amantes del deporte extremo nos movemos en un fino hilo de seda, del cual es muy fácil caer hacia el lado de la patología, provocando que no lleguemos a disfrutar de lo que hacemos, encontrándonos en una búsqueda constante. Después de una prueba “ultra” o no tan “ultra”, muchos hemos experimentado el vacío, expresado en forma de “¿y ahora qué?”. Esto no es otra cosa que nuestras neuronas “echando en falta” los kilos de dopamina producidos.

La emoción por el trabajo, la comida, las relaciones sociales son “la sal de la vida” y no deben dejar de serlo. Debemos seguir emocionándonos con lo que hacemos, cueste lo que cueste, sino caeremos en el pozo de la infelicidad. Y deberíamos saborear la recompensa, para aprender conductas positivas de lucha y esfuerzo. El “saborear” es clave para que nuestras neuronas tengan una buena sensibilidad a la dopamina, ya que sino caeremos en el pozo de la búsqueda constante. Proponte retos, lucha, consíguelos y disfrútalos. Desde mi ignorancia, creo que este circuito es lo más parecido a la felicidad. Y no lo olvidemos, la dopamina no depende únicamente de los grandes retos, sino también, y sobretodo, de aquellas “búsquedas” que conforman nuestro día a día. Nuestra recompensa es nuestra búsqueda.

Sobre el autor

Andreu

Andreu

Me llamo Andreu López y soy Licenciado en Ciencias de la Actividad Física y del Deporte desde hace más de 15 años. Y desde hace 8, preparador físico online. ¿Nos ponemos en forma?

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